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LUNA LLENA
No puedo
siquiera recordar algo sobre los que hubieran sido mis padres, aunque no sé si
deba llamarlos así, pues solamente me dejaron en un calvario donde sufro día
con día. Mamá y Papá, quienes se hacen llamar así son muy lejanos a lo que pudiera
imaginar lo que es un padre y una madre.
Nunca desde
que tengo uso de razón he dormido en una cama, uno llega a acostumbrarse a lo
que tiene, pues es todo su universo y no puedo pedir más de lo que tengo, pues
puedo ser muy exigente para mi padre que trabaja como guerrero, el cual
protegía a toda la nación.
Puede ser
muy lejano mirar hacia el futuro, pues no sé si mas allá de limpiar pisos y
lavar ropa hay algo que yo pueda hacer mas. Tal vez no hay un futuro más allá
de estas cuatro paredes frías y húmedas, donde los caballos, vacas y animales
de granja duermen junto a mí. Uno llega a acostumbrarse a lo que tiene, repito.
Pero nunca está de más desear algo mas allá de lo que tiene. Aquí comienzan las
esperanzas, aquí, comienza la espera de algo mejor en nuestras vidas.
Con solo 12
años de edad comprendo lo que significa esperar, más que esperar por una fecha,
una fiesta, un regalo. Es esperar por completo que te permitan tener una vida,
que muchos se encierran propiamente o, incluso renuncian a ella, que no daría
yo por ser libre cada que una persona se rinde ante las riendas de la vida y
sus contradicciones. Yo jamás me rendiría, por más dura que fuera, solo quiero
ser algo más que un pago que mi familia no logro completar antes de abandonarme
en las garras de la morgue. Solo quiero una oportunidad. Las oportunidades
tienen un inicio, pero ¿Cómo saber cuando comenzó? Tendrán un límite de tiempo
para aprovecharlas, la señora anciana que siempre me da unos cuantos panes
cuando me ve cargando costales de arroz y trigo para la tienda de mi madre, me
ha dicho que por algo pasan las cosas. Pero no puedo creer que todo el dolor y
sufrimiento tenga un objetivo bueno en consecuencia de todo el tiempo perdido.
No puedo creerlo. Tal vez ella nunca ha esperado como yo lo hago aun, aun sigo
esperando.
La vida, mi
vida; se basa en espera.
No puedo
hacer algo más que esperar, actuar seria simplemente un error lógico, si quiera
tratar de huir de mi destino es como si yo misma me colocara una soga al cuello
colgando de un árbol y me tirara de él. Nadie en el pueblo se compadece de mí más
que dándome sobras de sus comidas, pero se los agradezco, varias de esas
ocasiones son las que me han salvado de no morir de hambre. A ese límite he
llegado. A odiar a todo lo que me rodea. Aunque muy en el fondo, simplemente
quiero tener una vida normal de una chica con su padre y madre, quienes le dan
protección y amor, simplemente quería ser normal.
He procurado
olvidar mis deseos, he procurado evitar soñar, pues simplemente el hacerlo y
levantarse un día mas, dándome cuenta que todo lo que esperas es imposible y es
irreal, duele más aceptar la realidad. Así que ¿Qué es lo que hago? Vivo como
una marioneta de Arisa, mi madre, y de Ryu, mi padre.
*
Siempre que
pienso en todo esto, solo vuelvo a lastimarme, así que procuro no hacerlo… muy
seguido.
—¡Vamos,
apúrate niña¡ no querrás que perdamos un cliente mas de nuevo por tu culpa
¿Verdad?
Ante la
exclamación inminente aunque predecible de mi madre Arisa, esa vieja arrugada
de unos cuarenta años que, según ella era una mujer hermosa y gastaba casi todo
lo que teníamos en productos para ``mantener´´
su belleza.
En primera,
creo que lo que busca ella no es mantener, sino encontrar. Y segunda, no hay
nada en este mundo que haga milagros. Claro esto solo lo pienso en mi mente, si
alguna vez lo hiciera personalmente que garrotazo me llevaría en la cabeza.
—No,
no querré que ocurra eso de nuevo — agregué al
momento que me inclinaba y tomaba de nuevo aquel costal de arroz, colocándolo
en mi espalda y, flexionando un poco mis piernas tambaleantes para lograr
levantarme y caminar hacia donde estaba el pedido, pues, para mi madre creía
que eso era bueno para mí, haciéndome más fuerte de lo que era. Solo pretextos,
siempre los pretextos sobraban.
Tomé un poco
de aire antes de continuar caminando, pero, para mi mala suerte, alguien, y
cuando digo alguien me refiero a Yuu, la hija de mis padres, aunque ella si era
de sangre, yo solo, puede decirse que era adoptada, aunque en realidad era para
sus ojos, un objeto. Esta niña vanidosa, como su madre, de unos centímetros más
alta que yo; y bien que aprovechaba esa ventaja, coloco algo sobre mí, sobre mi
cabeza, y trate de no imaginar lo que era, pero
para mi mala suerte si, era una gallina. Esta comenzó a revolotear
alrededor de mis cabellos que, no eran muy largos, pero tampoco muy cortos,
alborotando lo que apenas había alcanzado a cepillar esta mañana. Sin pensarlo
caí de frente, y todo el peso del costal cayó sobre mi espalda y sobre mi
estomago.
Sentí como
el aire huyo de mí, al igual que un poquito de sentido de vida escapo, fue
desesperante en ese momento, mirando hacia arriba, donde los rostros conocidos
y desconocidos me miraban fijamente, sin hacer nada. Parecía un homicidio
perfecto, pero los aldeanos no harían nada que la esposa del ``Acero Negro´´ dictara. Ellas, madre e
hija, simplemente admiraban como mi rostro sudoroso por el esfuerzo, que
combinado con la tierra volvía lodo lo que cubría mi rostro comenzaba a
desvanecerse. No podía más, sabía que de aquí, por lo menos saldría con una
costilla rota y desmayada. Claro todo esto solo sería mi culpa y un
inconveniente que causaría bajas en las ventas.
Todo era muy
injusto, todo…
Cerré mis
ojos, para tratar de levantar lo que era el costal sobre mí, varios se reían,
muchos decían: ``Pobre chica´´, y
criticaban a mi madre. Pero ¿De qué sirve ver un problema, un accidente, si lo
único que harás es observar? No sé ellos pero cuando miran tú propia decadencia
es más desesperante. Puede llegar a dar
coraje de la forma en la que un ser humano actúa cuando otro ser humano es
maltratado, humillado, asesinado frente a ti, y lo único que haces es mirar.
Todo se
volvía más sofocante, sentía que mis brazos me temblaban al momento de intentar
levantarme de nuevo. Cuando de pronto, el costal, mis penas que cargaba en mi
espalda, se habían vuelto más ligeras, en realidad, no pesaban nada.
Fue un
sentimiento increíble, aunque hubiera sido por un segundo, solo por un segundo,
me sentí liberada. Aunque uno debe volver a la realidad. Todo lo que pienso o
hago puede manifestarse en pequeñas cosas como una metáfora. Pero cuando te das
cuenta que no es más que poner en objetos materiales algo que deseas comienzas
a notar que te engañas a ti mismo.
Mire
desconcertada hacia la persona que había sido mi ``salvador´´ por unos segundos, pero lo único que pude ver fue una
sombra, no había nadie arriba de mi, simplemente escuche como el costal cayó a
un costado de mi y pasos se dirigieron hacia la puerta, no pude ver más que una
sombra.
Continuando
con la realidad, mire hacia las causantes de mi martirio, claro, no parecían
muy contentas con lo que había pasado, nadie me había ayudado en mi vida de
aquella forma, retando a aquella mujer, a quien yo siempre la vi como una
bruja.
Varias
personas en el lugar comenzaron a susurrar y hablar, había de suponer que de
aquella persona, varios afirmaban que no era de por aquí, y que parecía un
guerrero, pues portaba una katana en
su cintura.
Bueno, al menos me doy cuenta porque fui ayudada,
no sabían con quien trataban. Aunque, al
mismo tiempo sentí pena, sabía que si alguien intentaba darme la mano, tratando
de sacarme del agujero donde me encontraba, seria pateado por alguien y caería
al vacio conmigo.
Y no quiero
condenar a alguien más que quede como yo. Por lo menos es lo que puedo hacer en
mi situación, ignorar cualquier ayuda para que no sean maldecidos con la misma
miseria que yo. Esto me ha llevado a un camino obscuro y solitario el cual
recorrer. Aunque ¿En realidad alguna vez cruce ese camino acompañada? Ni
siquiera conozco el sentimiento.
—¡Apúrate
chiquilla¡ No tenemos todo el día—su mano
dura, fría y pesada recayó sobre mi mejilla derecha donde; mi rostro giro hacia
el lado contrario, algo aturdida mis ojos se humedecieron un poco por el
impacto, pero inmediatamente talle mis ojos para que la mujer frente a mí no
diera otro golpe diciendo que era una débil y malcriada hija, que con las
lágrimas no me escaparía de los problemas.
Eso ya lo
sabía, yo más que nadie, que he llorado en las sombras sé que no sirve de nada
llorar, simplemente te sirve para darte cuenta que aun sigues siendo humana en
este mundo, física y espiritualmente.
Me incline
un poco adolorida por el costalazo y de nuevo lo coloque en mi espalda. Una
chica, para mis criterios, no debería cargar algo tan pesado, pero muchos ni
siquiera sabían que era una chica. Todo lo que me había pasado, mi aspecto y mi
forma de actuar podría ser fácilmente confundida con un chico, y así fue. De
nada ayudaba mi cuerpo poco desarrollado, tanto que me hacía preguntarme
¿Cuándo iniciaba la pubertad?
Salí por la
misma puerta que salió mi salvador, aunque sabía que era la única salida de ese
lugar, Arisa no le gustaba mejorar la calidad de servicio ni los productos,
solamente su precio.
Las calles
son terregosos, algunas piedras pueden sentirse a cada paso que doy, mas con un
peso extra en mis espaldas. Sin zapatos puede ser todo más difícil, por lo
menos algo que me cubriera de la arena que en las mañanas era como lava
ardiente. Pero en las noches, era todo lo contrario, un frio incontenible. En
cualquier caso era difícil de soportar para mí.
Como
siempre, esas calles llenas de personas, a pesar de ello me sentían solitarias.
Todos tenían un lugar donde regresar, si mas no recuerdo, eso era lo que los
impulsa a caminar hacia una dirección en específico. Pero ¿Qué pasa conmigo?
Solo regreso por temor a mi hogar, sé que si huyo no descansaran hasta que me encuentren,
eso es lo que mi madre Arisa me dice cada que bajo mi mirada. Ella no le gusta
que piense las cosas, gracias a dios no hay forma de que se dé cuenta en lo que
estoy pensando, mi mente es el único lugar donde tengo privacidad y libertad de
hacer lo que quiera, aunque muchas personas se limitan y también son
encadenadas por algunos panes o monedas este lugar tan sagrado para un ser
humano.
Mientras
poco a poco parecían las personas abrir paso, tanto que me sorprendió, por un
segundo creí que por mi había sido todo aquello, pero fue tan tonto pensarlo
como casi sonreír frente toda aquella multitud. Inmediatamente comencé a
escuchar como caballos galopantes venían a esta dirección, de esta forma como
pude con el peso que llevaba desde el lugar inicial, orillándome junto con la
multitud, formando solo un rostro más, eso esperaba, pues cuando mi padre
llegaba con su equipo no me gustaba que me mirara…de aquella forma. Por lo
menos esperaba que me siguiera viendo como un chico por unos cuantos años más
que pueda defenderme por mi propia cuenta.
Murmureos,
sonrisas, gritos de libertad aparecieron a mi alrededor, donde la única forma
de saber de donde provenían era levantar el rostro y buscar los sonidos, pero
eso podría crear un problema a una chica tan ``desconsiderada como yo´´
No esperaron
a acercarse a nuestro salvador que, al mismo tiempo era nuestra maldición, pues
era una relación de adoración pero temor a lo que pudiera responder, algo
similar a un dios, pero este sabíamos que era de carne y hueso, no solo las
leyendas podían confirmar eso que dictaba.
Acero Negro había llegado al pueblo de Yuukiraki, como decía su propio nombre; Lugar donde lluvia blanca
cae.
Puede tener
un hermoso nombre, pero eso no asegura tu estadía en este lugar.
—El
Señor Ryu ha regresado para protegernos—agrego
un hombre cuarentón a mi lado que, parecía más que emocionado por protegernos,
mostraba un fanatismo evidentemente a seguir sus pasos por un motivo muy
ilógico y sin comprensión al ser humano.
Un pequeño
quejido se escapó de mi boca, aunque agradecí que nadie hubiese escuchado,
podría decirse que al ofrecer protección a cambio de adoración era una forma de
hacerlo intocable, todos respetaban a mi padre en ese lugar, menos yo. Les
había lavado el cerebro de una forma ingeniosa ¿Por qué era la única que no
había sido capaz de ser inmune a ellos? Puede que yo puedo ver a través de su
alma y conocer sus propias y sucias intenciones, puede tener honor de guerrero,
pero siempre busca un interés detrás de ello, se aprovecha de lo que es bueno,
para un mal común que se confunde con protección.
—¿Qué
clase de personas adoran a alguien así? —exclame
para mí misma en forma de susurro, pero en realidad, parecía que lo había dicho
mucho más alto de lo que había pensado, pues varias personas dirigieron una
mirada asesina hacia mí y, aun con aquel costal en mis espaldas, me tomaron y
me lanzaron en medio del camino. Caí sobre la tierra de lava de nuevo, aunque
ahora el polvo era más fácil de aspirar cuando los caballos levantaban y
volvían a retumbar sobre la tierra la llegada de un ídolo de la comunidad.
No podía
creerlo, había evitado verlo desde un principio, incluso me escondí de las
últimas filas donde las personas en contrario de ellas; varias de ellas querían
ver a un guerrero después de una batalla.
Siempre era
lo mismo, se iba por un buen tiempo a una guerra que, últimamente se habían
vuelto mucho más continuas, traía recursos para nosotros y parecía que había
una feria en el pueblo la noche de su regreso; pero era de admirarse desde la
ventana, o bueno, en realidad era un desperfecto en mi habitación que se encontraba
hasta el ático de la gran casa donde vivíamos, desde ahí podía ver la diversión
de las personas y los fuegos artificiales.
¿Y aun me
preguntan porque no considero a esos dos mis padres?
No sabía
mucho de lo que hacía Ryu, pero en realidad que parecía ser bueno en ello, en
cierta forma el mismo rostro de siempre me miro con superioridad desde aquel
animal de carrera, que usaban más como medio de transporte más que como alguien
cercano a uno mismo. Su rostro no mostraba ninguna expresión que pudiera identificar,
siempre era lo mismo, no sabía que pensaba y mi mente quedaba en blanco, por
consecuente era la persona que más se aprovechaba de mí y sin poder pensar algo
al respecto, él había encontrado la manera de quitarme la libertad de
pensamiento.
No dijo
nada, solamente lanzo un costal de no sé qué cosas y después, retiro su mirada,
fue algo relajante al momento, pues cuando mantenía la mirada fija en mí, me
costaba trabajo respirar, como si cualquier ruido hiciera que desenvainara su
acero contra mí. Aunque no creo que lo hiciera frente a todos, tendría la vida
asegurada hasta que llegara a casa.
—Carga
eso hasta casa—agregó el temerario Guerrero sin mirar a su
receptor, simplemente halo de la cuerda que dirigía al caballo a su merced y me
evito, los demás soldados miraron como su líder hacia aquello y continuaron con
su sendero.
Siempre era
lo mismo, yo era como una simple sombra frente a ellos.
La multitud
comenzó a dispersarse, uno que otro soltó un gruño a cerca de mi grosería,
otros se acercaron a mí y escupieron a mi lado, muchos trataron de darme un
sermón sobre lo agradecida que debía estar con Ryu, además de que no sabían
cómo no me sentía orgullosa de que fuera mi padre. Tragé mi odio como si fuera
veneno, como me gustaría decirles los motivos por los cuales odio más que
admiro a mis padres día con día.
Ignoré todas
aquellas quejas, me levante al momento que tomaba con la mano derecha el costal
que mi padre me había aventado y con la izquierda sostenía contra mi espalda el
costal, tenía que hacer dos cosas antes de regresar a casa.
*
Después de
haber entregado el pedido a la mujer anciana que tanto hablaba, era lo más
cercano a un gesto de cariño que me habían mostrado, pero era limitado, aunque
en realidad podía considerarla en mi propio mundo la única persona que no
odiaba en este grande y a la vez, tan pequeño pueblo.
Poco a poco
el pueblo se expandía, conseguía territorio, en realidad no soy muy seguidora
de todo lo que ocurre en las Guerras de Conquista, puede que su nombre lo diga
todo, pero no es lo mismo leerlo en un
libro que vivirlo en carne propia.
—Muchas
gracias niñita—agrego la mujer que con sus arrugadas mejillas se
movían y creaban una sonrisa un poco hueca por la falta de algunos dientes, que
parecía que había perdido hace mucho tiempo.
Respondí con
un gesto amable, una sonrisa que pocos conocían, no la fingida que siempre
colocaba como una máscara al momento de llegada de muchas personas a la casa,
pues debía mostrar un respeto, al mismo tiempo me daba cuenta que también
portaban una máscara, simplemente engañándose a si mismos.
—Ten
pequeña—susurró la anciana mujer que muy amable siempre fue
conmigo, en realidad no sabía porque me ayudaba de esa forma, tan arriesgada y
al mismo tiempo limitada, si era que tenía un poco de cariño hacia mí, o
solamente ya estaba preparada para la muerte. —Te
gusta mucho el arroz ¿No? Hoy he conseguido un poco para que puedas comer
durante el festival de bienvenida.
Un poco
perpleja mire como en sus manos estiradas sostenían un pequeño plato cubierto
con un papel, en realidad me sentí muy alegre, sonreí y, asegurándome que nadie
nos hubiera visto me incline mostrando mi gratitud.
-En efecto,
me encanta el arroz—asegure mientras guardaba esta comida en mi morral
recargado en mi cintura del lado derecho, para esconderlo cuando llegara a casa,
sabría que si se daban cuenta todo saldría mal. Unas cuantas lagrimas salieron
de mi rostro, pero en realidad no fue algo muy notorio, simplemente unas
cuantas gotas se asentaron en las orillas de mis orbitas.
—Muchas
gracias—agregue mientras tomaba ahora solamente el costal
que debía llevar a casa. La mujer sacudió su mano, haciendo ademan que no era
nada.
—Espero
que lo disfrutes…—cayo un momento mientras me miraba, en realidad
pareció sorprendida y al mismo tiempo apenada—
pequeña niña ¿Cuál es tu nombre?
Calle, ante
esa pregunta no tenía respuesta, la verdad era que había llegado a este mundo,
desde que tengo memoria, sin un nombre. Ella pareció comprender el significado
del silencio que, muchas veces expresaba más lo que sentíamos que con las
palabras.
—Muchos
me dicen Norainu[Perro callejero]—acepte,
tratando de mostrarlo como una broma, de hecho y esboce una carcajada exagerada
y falsa, pues ella comprendió que todo eso era para no hacerme sentir mal a mí
misma, y no movió alguno de sus músculos.
En seguida,
cambio su rostro a uno más amable.
—Entonces
debería ponerte uno—comento mientras sonreía con una confianza radiante
y sorprendente—veamos…eres tan fuerte y feroz Como un Tigre, tan
libre y ligera como un ciervo, y …¡Tan linda y tierna como un gato¡ —no
pude evitar abrir los ojos de par en par al escuchar aquellas comparaciones,
además de tratar de entender la última.
—Pero…no
soy fuerte, soy débil. No soy libre, vivo encadenada…y ¡Por dios¡ Parezco un
chico—dije tratando de corregir todo aquello que había
dicho, pero ella cayo y en vez de eso, comenzó a pensar—.Podría
ser Koshitora, o Rashiko, también Shirane, ¡Oh¡ Neshito.
Sonreí
internamente y también físicamente, era la única mujer que lograba hacer eso, mostrar
mi verdadero yo.
—Bien,
bien. Me quedo con Shirane.[ しらね ] —dije
algo estresada por la actitud de la mujer, pero agradecía, porque en realidad
me había dado ahora una identidad.
—Muy
bien Shirane, será un secretito de ambas ¿Si? Solo serás Shirane para mí y para
quien tú decidas—en realidad, que era una mujer extraña—Shirane;
¿Podrías ayudarme regando la planta? Tengo que salir—pidió
la mujer que, sonreía y ponía un rostro de súplica.
—No
hay problema—dije mientras sonreía y tomaba el costal, saliendo a
la calle y buscaba algo con que regarlo. En realidad no sabía ni que era
aquello que estaba plantando, en realidad era feo y extraño, pero parecía ser
lo único que había logrado plantar la anciana mujer en una tierra tan poco
fértil, y además, parecía irse hacia donde le daba la gana. Una planta rebelde.
Termine por
continuar con el camino, sabiendo el transcurso en casa cuando llegaba Ryu.
Llegue a la
entrada trasera donde, estaba la cocina. Rápidamente, entre la noche brillante
iluminada por una inmaculada ente sobre nosotros, además, escondí rápidamente
el arroz en una bolsa y la escondí en mi bolsillo.
Corrí
rápidamente hacia la sala y tome el costal, colocándolo en la habitación de
papá
.
—Llegas
tarde—gruñó la vieja que siempre estaba a lado de mi padre
cuando llegaba a casa, como perro faldero buscando por sobras del almuerzo.
Jamás había visto una relación amorosa entre esos dos, aunque puede que me
equivoque, tal vez solo compartan el gusto por hacer sufrir a las personas.
—Lo
siento padre, no volverá a ocurrir—agregue con
un tono sereno, pues no quería ser humillada por tercera vez en el mismo día.
Mi mirada
permanecía hacia el tatami sobre el cual pisaba, era un material un poco
brillante y de un color café hermoso, y más cuando era limpiado muchas veces
había podido ver mi reflejo como si fuera un espejo, pero ya quisiera que hubiera
tenido uno, era algo que solo podía tener algunas personas, además, no era que
mirarme a mí misma era lo más agradable que pudiese hacer durante el día. Pero
Yuu parecía no molestarle de todo.
Como un
cazador asechando a su presa, mi padre se levantó derecho y firme. No era
necesario mirarlo para saberlo, el simple eco de sus pies caminando por la
habitación y su respiración constante y predecible me hacía saber que me estaba
mirando, que me estaba analizando.
No quería
verle a los ojos, sentía como si fuera medusa y por algún motivo al mirarlo a
los ojos quedaría petrificada por la eternidad, pero al menos de esa forma
seria eterna.
Mientras los
pasos continuaban y se detuvieron frente a mí, levante poco a poco mi mirada,
aquellos cabellos que tanto odiaba me cubrieron la frente, haciendo que no
pudiera centrar por completo a Ryu que , no parecía ni feliz ni triste, pero
esa cara inexpresiva me hacía sentir mucho más inquieta que cuando su ceño se
fruncía.
Suspire un
poco nerviosa mientras le miraba tímida, espere a que dijera algo, pero pareció
no importarle y se dio media vuelta.
Al notar que
parecía alejarse, di un gran suspiro que, al principio creí que estaría a salvo
de otro moretón en el rostro, pero pareció que no fue así.
Al principio
se sintió dolor, al momento de que su mano abierta de par en par intercepto
contra mi mejilla, golpear contra el suelo y quedar reposando ahí por unos
cuantos segundos.
Todo quedo
en silencio durante otros cuantos más, y después este se dirigió hacia mí,
mirándome desde arriba como si solo fuera una abominación de la naturaleza.
—Esa
vieja estúpida siempre está echando pestes a nuestro ejército, no es más que
una anciana que va en contra de los deseos de su majestad—silencio
un momento para después proseguir con una mirada mucho más indefinida, tanto
que no podría explicar con palabras de lo que trataba.
—Estúpida
protestante, no le importa que su propio hijo sea soldado…—sus palabras eran de un tono tan grotesco, como si
escupiera sobre esa persona, imaginándola a sus pies e imaginando humillarla.
Me daba asco.
Esto no
podía soportarlo más… que hablara mal de mi, que me golpeara, podría aceptarlo…
—Vieja
inmunda…
Detente…
—Sin
escrúpulos…
He dicho que
te detengas…
—Zorra…
—¡CALLATEEE¡
—Grité.
Creo que
todos en la habitación estábamos un tanto sorprendidos sobre la actitud que
había tomado, ni yo misma podría creerlo. Por mis mejillas caían lágrimas de
odio hacia la persona tan repulsiva y maligna se encontraba frente a mí. No me
había arrepentido, pero sabía que de esto no saldría nada bueno.
Primero fue
un silencio inquietante, mientras me miraba como ojos abiertos de par en par,
sorprendido sobre aquella orden hacia mi amo.
—¿Qué
has dicho niña insolente? —reclamo mientras al gritarme escupía saliva que
salía disparada hacia tantos lados que no podría explicar el cómo,
tartamudeando, demasiado indignada. Arisa que parecía que , más que caminar se
estaba arrastrando desde el lugar donde se había encontrado, al final de la
habitación, mirando como todo ocurría, pero sabía que no era por la
preocupación de haber sido ofendido su esposo, sino que era una oportunidad
perfecta para quedar bien con el General Principal del ejercito de Su Majestad.
Me tomo del
cabello grasiento y enredado , halando hacia arriba , obligándome a quedar a su
altura, casi de puntitas para poder mirarla directamente a los ojos, aunque
trataba de soportar el dolor de sentir como mis cabellos parecían arrancarse
uno a uno, como las raíces se debaten entre quedar en mi cuero cabelludo o
salir del mismo. Solamente quería que se decidieran de una vez por todas.
Gemí de dolor
al estar de esta forma, la mire como desprecio sudando, fruncí el ceño sin
saber lo que hacía y le mire.
—A
usted…tengo muchas otras cosas que decirle…—otra
bofetada marcó mi rostro con un rojizo intenso, el dolor no era algo nuevo,
pero aun así seguía doliendo como cada golpiza que me habían dado bajo este
mismo techo y, sorprendentemente hasta delante del pueblo.
Sentí como
mi mejilla ardía, le mire con los ojos cristalinos pero no podía retractarme, a
pesar del dolor se había sentido tan bien decírselo.
Ella, como
si hubiese sido poseía por un demonio la hubiese poseído, después de soltarme como a un saco de arroz,
similar a los que cargo día a día con respecto a un tamaño similar al mío.
Seguido comenzó a golpearme de una forma tan absurda que parecía anciana
tratando de aplastar una cucaracha con un simple palo, era divertido, claro, si
no pensaba en los moretones que dejaría después.
No pude
hacer más que cubrirme con mis propios brazos, tratando de evitar que golpeara,
pateara y demás en cualquier parte que fuera más que doloroso para mí, ciertos
puntos podían dejar más de un mes adolorido. No por una simple golpiza me
dejarían descansar en cama.
Arisa seguía
golpeándome, manotazos, puñetazos, patadas.
Comenzó dándome simplemente unos cuantos golpes, algo parecido a las
cachetadas en mis brazos y rostro. Al ver que no había podido cumplir con su
objetivo, su mano se cerró creando un puño que, a decir verdad dolía como si
fuera un mazo. Golpeando múltiples partes de mi cuerpo, uno de esos golpes
termino dándome en mi brazo izquierdo, el cual cubría un lado de mi rostro y
cabeza. Dejándome indefensa en el suelo, termino por no agacharse y comenzar a
tirar patadas hacia mi pequeño cuerpo, simular a un armadillo fue lo único que
pude hacer, aunque eso no evitaba que tratara de sacarme el aire.
Lo cual lo
logro, en un milisegundo de tratar de cubrirme más, no note que había dejado
expuesto mi estómago, lo que hizo que la punta de su pie terminara en mi estómago,
casi sentía que habían tocado mis costillas.
Solté un
alarido fuerte de dolor y sufrimiento de
golpe, mi reacción fue retorcerme en el suelo y quedarme ahí, tanto era mi
dolor que no podía moverme, además de que agua, tanto de mis ojos como de mi
boca, salían despavoridos como cascadas.
Mis fuerzas,
tanto internas como externas me habían abandonado.
Mire de
reojo con la vista aun borrosa hacia los dos seres que más odiaba. Arisa, que
parecía más que feliz, molesta como fiera, fruncía el ceño y se estremecía al
momento de que Ryu se acercaba a ella, mirándola de una forma que no pude
descifrar en ese momento, giro de nuevo su mirada hacia mí.
—¿Aún
quieres decir algo más? —pronuncio solamente con los labios, aunque hubiera
estado en mis cinco sentidos, creo que no hubiese escuchado aquello, solamente
había sido un mensaje para mí, una advertencia. Al menos tenía la decencia de
advertirme.
De mi vista desapareció
esa presencia, sentí un pequeño alivio mientras continuaba mirando hacia arriba
con una mirada perdida y con aquel dolor en mi estómago, por un segundo sentí
como si una costilla hiciera ¡crack¡ y me perforaba los pulmones, puesto que me
costaba respirar en ese momento.
Arisa, con
la mirada fija en su marido mientras salía de la habitación, y dejaba el lugar
en silencio, el cual no tardo de romperse al tomarme de los cabellos y no poder
evitar soltar alaridos, creo que era lo que más le molestaba a la mujer de
arrugas que me tomaba como un tendedero a su ropa.
Aun molesta,
me arrastro literalmente por el suelo y abrió la puerta corrida hacia un lado,
sonido el cual había sido tan familiar para mí, mirando desde afuera. Aquel
sonido familiar de madera rozando, recorriendo la puerta que te permitiría ver
un paisaje de fauna de la más fina y un ente astral enorme al igual que
brillante, lo primero que notarias seria la luz que iluminaria tu piel de un
color más claro que el de comúnmente, terminando con un azote en los lados
laterales y se detendrían.
Mi cuerpo
era realmente ligero, y más para una mujer con el enfado tan igual como aquel.
Lanzo mi cuerpo hacia afuera, ella salió de la misma forma y comenzó a tomarme
del cabello de nuevo y arrastrarme hasta la entrada, pero no era para darme una
cálida bienvenida.
Primero fue
agradable la sensación del pasto sobre mis rodillas mientras me arrastraba, no
podía hacer nada más que seguir a su merced, seguir la corriente que me
llevaría a aguas lejanas, al menos esperaba que fuera solo esta noche, frio,
refrescante y suave a comparación de las rocas, sentí alivio como las heridas parecían
calmarse.
Aunque
cambio de pronto esta sensación, tanto que un poco de energía salió dentro de
mí, casi siguiendo a la madrastra que continuaba sacando la basura a la salida
del hogar, levantaba un poco mis pies, tratando de seguir su paso y no raspar
más mis rodillas que sentía que en cualquier momento sangrarían.
Algunos
alaridos pequeños y débiles continuaron saliendo de mis labios, terminando en
uno sonoro y sofocante a las afueras del muro. En el suelo reconfortante por
haber terminado con el martirio. Quedé tirada en ese lugar.
Gire mi
rostro hacia la que había traído el paquete hasta aquí, y con un rostro lleno
de ira y después, de felicidad al verme así, de reojo miro el perro tirado en
la calle.
—No
se te ocurra volver en toda la noche. Tampoco quiero que vayas al evento en el
pueblo, si te veo andando por ahí como perro callejero que eres—como
signo de fortaleza y autoridad, ni siquiera de digno en mirarme al decir la
última frase que, al escucharse en aquel tono y lo que significaba, sabía que
era una amenaza—No te ira tan bien como ahora…
Se quedó
ahí, parada, sin hacer nada, ni siquiera podía escuchar su respiración, aunque
tal vez era porque la mía estaba demasiado alterada a lo común, era repetida,
jadeante y demasiado pesada.
—No
te quiero aquí, largo…—susurro la mujer mientras aún mantenía su postura
tan derecha, en teoría, sin mirar hacia atrás.
Quede quieta
un segundo, pero pareció que no quería que dudara de su orden dos veces.
—LARGO
DE AQUÍ—Esta última frase la hizo sacudirse un poco por el
esfuerzo en gritarme, en soltar todo aquel odio en una sola frase, un poco
aturdida y herida, me levante poco a poco, con mi mano derecha en mi estómago y
mi brazo izquierdo, caído y como un péndulo, balanceándose de un lado a otro
por el simple hecho de caminar. Al estar por completo de pie, mire hacia ella,
pero se había ido, aun así, no quería arriesgarme de nuevo.
No de nuevo.
***
Caminar con
los pies descalzos sobre la tierra que, muchas veces tenia pedazos de metal que
podían enterrarse en mis plantas, golpeada, lastimada, sin fuerzas y lo más
importante, sin objetivo fijo hacia dónde ir, era demasiado para una niña como
yo. No, no solo para una niña, sino para un humano.
Renqueando
hacia la nada, comencé a darme cuenta como yo misma me contradecía, volverme
egoísta en los momentos más oportunos para evitar ser lastimada, más de lo que
ya estaba. Me di cuenta que no era tan
distinta a las demás personas que para protegerse a sí mismos torcían la cara
hacia el lado opuesto de la forma más obvia de injusticia y sufrimiento,
ignorando por completo los gritos silenciosos de alguien como yo.
Mis pies
parecían moverse por sí solos, solamente buscaba salir de ahí, sin querer
buscaba de la misma forma esconderme de ellos, al menos una sola noche.
No podía ir
al pueblo, tampoco podía volver a casa. Regresar con la anciana amable seria
sentenciarla a muerte, no podía hacerle eso a la única persona que, ponía su
egoísmo en otra persona que no era ella.
Estaba sola
en esta noche, no era distinta a otra de las de mi pasado, pero está en
especial se sentía mucho más vacía. Esas veces que el corazón te palpita
demasiado rápido como para ser humano,
pero al mismo tiempo, estar tan sereno y tranquilo que parece no tener vida.
Era tan
extraño los extremos a los que llega mis sentimientos, dudo que sea humana,
pero, al tocar mi pecho y sentir como bombea sangre mi corazón, al tocar mis
mejillas y humedecer mis dedos de lágrimas, y también, el deseo de conseguir un
futuro donde yo sea la ama y señora de la misma, la única, es señal de que sigo
siendo humana.
De eso me
cercioro cada mañana que me despierto.
Sentía que
poco a poco podía caminar mejor, me había acostumbrado a este tipo de cosas a
tal punto que podía recuperarme mas rápido que antes, pero no era que fuera
ahora inmortal.
Seguí
caminando por la orilla del pueblo, la cual constaba básicamente de fauna,
arboles grandes, frondosos y algo oscuros por la posición en la que me
encontraba según la luna.
Un poco más
derecha de lo que había estado caminando, recobrando el aire y continuando mi
camino hacia un lugar lejano, donde pudiese estar en paz al menos por esta
noche, o por lo menos para no ser golpeada, abofeteada y humillada en
público…de nuevo.
Adentrándome
en lo profundo del bosque, sentí que me perdería, pero extrañamente siempre
terminaba logrando regresar a casa, siempre. El camino, cual fuera el que
tomara, parecía que mi destino era regresar a ese lugar. Al menos ya no me
preocupaba por perderme.
Era muy
oscuro, no veía por donde caminaba, en varios momentos sentí como mi pie se
atoraba con alguna rama y en varias ocasiones hubiera terminado azotando contra
el suelo, y si hubiera sido así, ahí hubiera terminado mi recorrido.
Conforme
caminaba más adentro de lo desconocido, sentía que mi camino se iluminaba más a
cada centímetro. Podría ser un sueño, pero deje la ilusión a un lado y note que
la luna parecía quedar cada vez más sobre mí. Aunque era algo lejos para quedar
por completo debajo de aquel ser ancestral inmaculado sobre mí, seria a varios
metros frente a mí.
Si hubiera
estado vigilada por alguien más, podría decirse que no trataría de huir, pero
aun así, no tenía oportunidad ahí afuera. No estaba acostumbrada a enfrentar el
mundo real, aunque no creo que haya mucha diferencia.
La noche era
fría, no podía sumársele que estuviéramos cerca a solamente días que la nevada
del año diera inicio, cubriendo los campos de una capa blanquecina de hermosura
de la naturaleza. Aunque en este momento, el frio era lo menos que deseaba.
Había dormido fuera muchas veces, pero nunca me habían dado una paliza tal cual
la había vivido hace unos segundos.
Una pequeña
risita burlona salió de mis labios al recordar el milisegundo del rostro de
Arisa, aquel rostro de deshonra y en cierta forma, de sorpresa, preocupación,
ofendida. Era dulce…debo admitirlo.
Esto hizo
que mi estómago doliera y evitara reír, la verdad era que ciertos movimientos
que realizaba, me hacían lastimarme mas. Trate de distraer mi dolor con otra
cosa, pero para mi sorpresa, otro problema apareció en mis entrañas.
Hambre.
Experimentarlo
antes me hacía fuerte en estas situaciones, y de esta forma pude continuar
caminando hasta no poder resistir.
Mire hacia
los lados, el cielo en ocasiones parecía despejarse de la frondosa cantidad de
árboles cubriendo el cielo, era hermoso, más cuando aparecían los fuegos
artificiales de aquella fiesta de bienvenida a los soldados después de esa
lucha por mas tierras para nuestro…su gobierno.
Ryu no era
la máxima autoridad, pero tenía al menos la autoridad en el pueblo,
incuestionable.
Haberme
detenido para mirar los fuegos artificiales, al menos desde la perspectiva en
la que me encontraba era algo reconfortante, divertido y hermoso.
Mientras
mantenía mi mano izquierda en mis costillas y la derecha caída, continue caminando
girando mi rostro hacia donde quiera que fuera.
No era
divertido caminar de esta forma, pero no quería regresar, al menos no por
ahora.
***
Continué
caminando un gran tramo de terreno, creo que me aleje en gran cantidad del
pueblo, además había tenido que esquivar varios guardias que se encontraban en
las orillas del pueblo, vigilando y en varias ocasiones como si estuvieran
buscando algo, otra razón por la que me sería imposible escapar.
No sabía que
ocurría, puede que la guerra con los demás pueblos y ciudades sea más grave de
lo que nos dicen en el pueblo. Aunque creo que es lógico, nunca un gobierno te
dice abiertamente como se encuentra su situación, entraría el pueblo entero en
pánico, es una forma de mantenernos a raya, a límite, mantener nuestra boca
cerrada.
—Pff...¡Que
frio¡ —exclame entre la fuerza al hablar que mantenía y el
chirrido de mis dientes al hablar por el mismo frio.
Un gruñido
se escuchó simultáneamente al dar el siguiente paso después de esto, seria
penoso si hubiese estado en presencia de otra persona, pero aquí estaba en
libertad de no apenarme por ello.
Suspire.
Mire a mi
alrededor y recordé lo que tenía conmigo.
—Gracias
anciana amable—dije al momento de meter mi mano en el bolsillo de
los pantaloncillos cortos viejos, de un color que antes pudiese haberse dicho
que era verde, ahora parecían más café, grisáceo. Agradecí que no lo hubiera
puesto en el bolsillo roto.
Saque el
arroz con una gran sonrisa en mi rostro. Era el mejor momento del día, comer,
aunque no siempre era un horario determinado.
Entre el
silencio que predominaba en el bosque, el sonido de la bolsa en movimiento
parecía como si fuera una atrocidad a comparación de la realidad. Me sentía
como si hubiese corrompido el más puro silencio de la historia.
Pero ¿Qué se
le puede hacer? El hambre es algo que no se puede evitar.
Al abrir la
bolsa, el olor del arroz cocido me lleno hasta lo más profundo de mis poros
nasales. Mi boca se hizo agua y lleve la bolsa cerca de mi boca, así comencé a
comer un poco. Aun me costaba moverme.
Estaba
demasiada distraída saboreando el neutro sabor del arroz cuando un sonido capto
mi atención. Por un segundo creí que era un guardia y por instinto me limite a
correr hacia un árbol y tratar de esconder mí presencia, tonto para no saber dónde
se encontraba mi adversario.
El silencio
predomino y, como cualquier chica curiosa de mi edad, tuve que salir para saber
que había sido.
Al
principio, todavía todo era oscuridad, algunos pequeños hilos de luz se colaban
entre las ramas y hojas de los árboles, pero de pronto una luz mucho mejor y
mucho más brillante parecía aumentar y llenar más el vacío donde me encontraba.
Sin sentido
y curiosa por saber, camine unos cuantos pasos más, antes de llegar a un claro,
era…pequeño, no era muy grande que digamos, aunque este lugar parecía ser
olvidado por el bosque, el cielo abierto directamente iluminado por la
inmaculada luna parecía hacer un alineamiento perfecto con el claro.
Aun con la
bolsa de arroz, con un pequeño restante en él, camine sorprendida y con la boca
abierta ante la hermosura del lugar, nunca había visto algo parecido. Por lo
que no podía evitar tener el deseo de estar ahí.
Creo que
había encontrado un lugar donde pasar la noche.
El ruido de
una rama rompiéndose me hizo brincar de susto. Y además, girar bruscamente
hacia mi derecha, donde había provenido el ruido.
Sudando
frio, mire un árbol, ¿Un árbol? ¿Había sido un árbol el que había hecho aquel
ruido? Aunque sea una niña no significa que sea…ingenua para pensar esto.
Aunque
quería creerlo, no quería saber que había alguien más ahí.
—¿Hay
alguien ahí? —inmediatamente me sentí más que estúpida, si no se
había dado cuenta de mi presencia, ahora sí que estaba frita. Me quede callada
mientras mantenía mi mano colocada en mi boca, puesto que había quedado
impresionada por mi tonta idea de cuestionar aquello.
Aunque
ningún ruido permanecía ahí, sabía que había alguien, y con la misma curiosidad
que mato al gato, camine lentamente y con temblor en mis piernas hacia el árbol
que mantenía oculta alguna presencia desconocida.
Cada vez
estaba más cerca, sentía como si mi corazón fuera a explotar en algún momento,
pero no podía echarme para atrás ahora, no ahora.
Mientras me
acercaba y comenzaba a girar el tronco de árbol, en el suelo parecía aparecer los
zapatos negros de alguien, claro, acorde a lo que era…un soldado. Mi estómago
parecía revolverse, pero mis pies no se detenían, de pronto el sonido tan
claro, cristalino y delicado de una katana desenvainándose apareció, seguido del
metal precioso brillando en un ángulo perfecto con respecto a la luna,
apuntando la punta directamente hacia mi cuello.
A pesar de
estar de pie, aquella persona con su rostro escondido en una capucha, traje
negro un poco ligero, aquel tipo de traje cómodo para caminar, zapatos que
había anunciado su presencia pero había ignorado. Bueno, al menos tenía zapatos.
Me quede
petrificada mientras algo temerosa mire hacia aquella persona, materia directa
y recta su katana hacia mí, sin temor ni duda, aunque la mantenía con la
izquierda, con la derecha presionaba su abdomen…estaba herido.
—…¿Se
encuentra?... —no pude terminar la frase, no era necesario saberlo,
aunque su presión parecía estar constante reflejada en la fuerza con la que
mantenía blandida su arma con un solo brazo, su respiración no parecía la más
adecuada.
Además, esos
zapatos…yo los conocía. Entrecerré los ojos al darme cuenta de su identidad, no
conocida pero a la vez sí.
Me acerque
un poco más tratando de evitar aquella opresión y amenaza contra la propia
vida, decidida, pero de nuevo me apunto amenazante, ahora sus ojos azul
brillante me amenazaban de una forma increíble, tanto que daba miedo. No había ni una pizca de compasión en sus
ojos, ni por una chica…que puede que piense que sea chico pero bueno.
—No
eres de por aquí ¿Verdad forastero? —susurre al
Chico que, para mi opinión poseía entre 20 a 23 primaveras en el mundo actual,
pero…¿Quién soy yo para juzgar? Ni
siquiera recuerdo exactamente mi edad. —Nadie
se atreve a ayudar a una niñata como yo en este pueblo…—ahora
él sabía lo que yo conocía.
Escondió su
mirada en aquella capucha, sonreí por alguna razón y moví lentamente la punta
de la katana hacia un lado con la yema de mis dedos. Cuando estuvo fuera de mi
camino, en la dejo caer, parecía que había estado esperando ese momento
ansioso, parecía cansado. Además, de su rostro parecía caer sudor a galones,
sus cabellos negros intenso recaían por los lados, y un poco por parte de
arriba de su frente.
Mantenía su rostro mirando hacia el suelo, encorvado, su
pecho subía y bajaba de manera incontinua pero constantemente en aumento de
velocidad. Además, la mano que apoyaba en su abdomen con la mano derecha estaba
escurriendo sangre, manchando su traje negro y, por más difícil de creer,
parecía ser más intenso el color carmesí al negro.
Me acerque
lentamente, como si se tratara de curar a un león; a pesar de tratar de
ayudarlo, no sabía si atacaría en cualquier momento, por lo que tenía mi
precaución.
Agachándome
me acerque a mi acompañante, mire un poco aterrada su herida, pero aun así,
tuve que tragar mi cobardía y lleve mi mano temblorosa a la suya, que mantenía
en su herida y también tambaleante, mire distraídamente su rostro y note que
parecía que se estaba desmayando.
Levante un
poco su mano para poder ver cómo era la herida, al principio y por unos cuantos
segundos pude ver que era herida de la misma arma que portaba, aunque no creo
que de la propia que tenía en las manos.
Inmediatamente
comenzó a brotar sangre como fuente de ella, y de nuevo cubrí su herida con su mano,
y encima coloque la mía mientras, algo preocupada miraba a mí alrededor.
Sin dudarlo
me levante de nuevo y note que el obedecía, era su propia vida la que corría
riesgo, y yo me sentía necesitada a ayudarlo, parecía que había sido una de las
pocas personas que habían encontrado a una pequeña chica en medio de la
oscuridad, o al menos se había tomado la molestia de mirarme en ella y lanzarme
una moneda.
Corriendo al
bosque, busque entre la oscuridad las plantas que la anciana había dicho que
servían para el dolor, otras que servían para desinfectar, era lo único que
creía que podía hacer ahora, lo único que podía aportar.
Dicho y
hecho, encontré ambas plantas, tan extrañas como podría imaginar, no era común
encontrarlas en otras partes de la región, era otra característica increíble de
las tierra originarias del gobierno.
Como si
desafiara la física, corrí lo más rápido que pude a donde él se encontraba, no
era sorpresa que continuara ahí.
A su lado me
senté mientras trataba de encontrar la forma de ayudarle, tome de mi cintura
que permanecía atada a un hilo que usaba como fajo, una pequeña tela en forma
de cántaro, era flexible y me permitía llevar agua fácilmente.
A mi
alrededor había muy poco que usar, pero me limite a lo que tenía.
Con una
piedra grande, coloque las plantas y comencé a machacarlas con otra más
pequeña, de momentos le echaba una mirada a ver si continuaba despierto, al
parecer el simple hecho de que respiraba me permitía continuar con mi labor
.
Con agua y
la bolsa en la que llevaba el arroz, la doble para poder colocar agua en forma
de recipiente y las plantas que servirían para dolor, me acerque para dársela.
—Vamos…bébela—levanto
su rostro aun sudoroso por el dolor, y me miró fijamente, levantándose de forma
difícil pero logrando acercar el rostro hacia el agua, la lleve hacia él,
mientras le tomaba la espalda para ayudarlo a beberlo, el parecía aceptar la
ayuda. Eso me alegraba.
Al terminar
de beber aquello, regresé e acerque a él y susurre de forma tranquilizadora.
—Tendrás
que resistir un poco…te servirá…—sin esperar
a su respuesta, con el agua comencé a limpiar donde tenía la herida, al menos parecía
no sangrar tanto como antes, y así limpie donde podía infectarse, y con la masa
de planta que había machacado la unte poco a poco, una combinación de sangre,
agua y plantas de campo curativas.
No era de
sorprenderse que se quejara silenciosamente, los hombres suelen hacer eso, y más
si creen que es deshonra caer tan bajo como para expresar su dolor. Escuchaba
su silencioso dolor y simplemente permanecí cayada.
No podía hacer
nada más, continúe untando y termine.
Con un poco
de tela (que en realidad era mi suéter roto en tiras) cubrí su herida y rodee su estómago con la misma,
de forma que podría decirse que era una venda, al menos estaría un poco más
tranquilo.
Todo esto fue
tan rápido que olvide cuanto tiempo había estado curándolo.
Todo término
en silencio, inclinado pareciendo recuperar el aliento se reincorporó
cuidadosamente mientras miraba hacia el suelo. Me sentí orgullosa del trabajo, parecía
estar mucho mejor que antes, era lo único que podía hacer después de lo que había
hecho por mí.
De haberme
mirado cuando nadie lo hacía.
Con mis
piernas cruzadas, mis manos juntas en mi regazo y mirando hacia el suelo, mire
las manos llenas de sangre y tinte verdoso de las plantas de antes. Abrí y cerré
las mismas, mientras gire mi rostro hacia arriba, mirándolo de frente.
—Gra…—en
vez de verlo de nuevo en aquella posición, débil y reconfortante, encontré su
mano derecha, ensangrentada, dirigiéndose hacia mi rostro.
Petrificada
me quede mirando cómo se acercaba, cuando llego a mi rostro, llego a mi
mejilla, fue un toque delicado, recorriéndose hacia mi cuello, rodeando por
completo el mismo con una sola mano. Mire sorprendida y confundida hacia él.
Antes de
sentir aquel dolor insignificante y pequeño.
Antes de
caer al suelo y cerrar los ojos sin sentido.
Lo único que
recuerdo es haber visto aquellos ojos azules, eran tan brillantes como la luna
que iluminaba una noche oscura.
*
*
*